Lo mío, lo mío es contar historias... no matter what

6.12.09

No sólo Elvis es mi ídolo

En memoria de Lechuga

Era sábado por la noche, la Jovana y yo salimos a cotorrear y escuchar unas bandas rocanroleras en un bar de Aguascalientes, el furor nos invadía, Los Twin Tones hacían tronar las bocinas a todo volumen con su capello di mariachi, no podíamos dejar de bailar, giros y estallidos, guitarrazos y euforia, las miradas se cruzaban a gritos, rostros desfigurados por la emoción, salpicones de cerveza encaguamada, nos jalábamos los pelos algunos a los otros, rebotábamos con las bocinas, tropezábamos con los cables, la banda le subió al volumen, se tumbaron atriles, bajista y tarola, poníamos cara de zombis o de locos o con ojos de huevo cocido al bailar, el guitarrista se metió entre nosotros y hubo quienes lo alzaron en hombros, levantamos los puños en forma de cuerno metalero, sentí que estaba a punto de estallar cuando la Jovana arrebató el micrófono para expresar su devoción a la banda, señaló al cantante y le gritó: –¡Eres mi fan! Se hizo un breve silencio y todos nos miramos. Ella quería decirles que eran sus ídolos pero su dislexia desordenó la frase a modo de terminar en carcajadas.

Será que todo me lo tomo muy personal, hasta lo que no me incumbe. Me gusta poner atención donde no me llaman, comentar lo que no me preguntan y hacer de lo más insignificante un motivo para idolatrar. Cuando alguien se convierte en mi ídolo y deja en mi una dulce sensación de adoración desmesurada no dudo en decirle que es mi fan para desenlazar el momento de fervor con un extraño sabor a inquietud. Un ídolo no es sino un fetiche más a la colección. A cada rato me topo con personas o cosas que me provocan un entusiasmo desmedido y me dejan hechizada. Admiro al ídolo anónimo, aquel desconocido nadaqueveriento que deja una huella profunda en mí por tan solo un instante, aquellos que me dejan un legado que seguir, una herencia que nadie quería, tal vez ni yo.

Una noche caminando por el malecón de Mazatlán se me acercó un hombre teporocho, de esos que cargan con años de más. –Te vendo mi memoria, me dijo –he vivido mucho y tengo mucho que contar. Si tú me compras un recuerdo yo tejuropordios que nunca jamás lo volveré a recordar. Ese jamás me obligó a meter la mano en mis bolsas. Saqué el puño con un billete de 20, unas monedas de a peso, un encendedor con pelusa y un ticket del oxxo. El aceptó todo y me habló de la noche que enamoró a una mujer de Tabasco y cómo se perdieron tres días en wiskey.

Ahora, se que hay asuntos indiscutibles como que Elvis es el rey o que Juan Gabriel es el único filósofo mexicano vivo pero me basta sólo un momento, un estallido, como cuando descubrí tras la ventana a mi abuelita Lucita cantándole a sus plantas, para convertirme en una completa stalker de la ideología ajena.


Revista Miscelánea / 2009

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