Soy muy bueno encontrando imágenes interesantes en internet. Como aquellas apetitosas ciruelas. Una tarde, searchando imágenes con el código pantone 388C, vi la primera de ellas. Era tan roja que estaba a punto de reventar en púrpura. Saltó hacia mí desde la pantalla, agrandé la imagen inmediatamente. Comencé a babear. No podía dejar de mirarla, bajé la foto de la apetecible ciruela a mi computadora. Me dio pena ponerla de fondo de pantalla. Esa piel carmesí parecía transpirar dulzura. Me estaba volviendo loco. Entré a la página de la imagen que me tenía alucinado. Me encontré con toda una serie de fotografías de muchísimas ciruelas. En todos sus rojizos y tersos colores. Era fantástico ir de una en una mirando su piel, unas al sol, otras en prados. Me volví el visitante más asiduo de la página. Me quedaba horas observando las rojizas ciruelas, fantaseando, deseando hacerlas mías. Un día la fotógrafa de ciruelas se puso en contacto conmigo.
En torreón se siente el calor extremo de un junio a medio día. Yo soy un tipo pálido, norteño y necio. Ella, con el tiempo, me convenció de que la cita que le proponía debía ser en la playa. Prometió enseñarme sus ciruelas y yo no pude negarme. Reservé el primer vuelo al mar y aun así tuve que esperar tres días más. Me la pasé viendo las imágenes de las ciruelas desfachatadamente, absorto por la infinita gama rojiza. De noche, sudoroso e hipnotizado por el empalagoso granate, sólo dormía un par de horas.
–Ese güey ya tiene como 7 horas aquí mí-ni-mo. O sea nosotros llegamos tipo como a las 10 y él ya se veía bastante instaladito. Aunque bien raro ¿verdad tú? –Si. Nada más estaba ahí parado viendo las olas, como juído. –Sólo se movía cuando se volaba su manta. –¡No te burles! Pobrecito, todo amarillento. Ya al final se veía bien ardido. –¿Verdad que hasta comentamos hace rato que qué risa sería si lo viéramos achicharrarse? –¡Ya güey! –Tonces yo creo que si ha de tener más horas, ya pasan de las 6.
Estoy que me hierve hasta el sudor. Mi piel está de un rojo casi bermellón. Pienso en las ciruelas, se me enchina el cuero y me arde peor. Ella nunca llegó. Arde admitir que me duele. Pensé en no reclamarle nada. Sudoroso y bajo el sol no se nota lo colorado que estás, cuando llegas y te das un regaderazo helado, ahí es cuando brota toda la rojez. Tan sólo la brisa sobre la piel es suficiente para provocarte un ligero ardor.
Jaime es muy bueno encontrando imágenes interesantes en internet. Como aquellas espaldas bizarras. Una tarde, searchando imágenes con el código pantone tipo 151C, vio la primera de ellas. Era tan roja que estaba a punto de reventar en púrpura. No podía dejar de mirarla, impactado. Le dio pena tenerla en la pantalla. Esa piel carmesí, que parecía transpirar dulzura, lo estaba volviendo loco. Entró a la página de la autora de la imagen que lo tenía alucinado. Y se encontró con toda una serie de fotografías de él y su espalda ardida. En todos sus rojizos y tersos colores. Desde el pálido blancor de su llegada hasta su partida escarlata. Ya no puede enojarse. Ella si estuvo ahí.
Revista Miscelánea / 2009
6.12.09
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