Mariana terminó con su novio antes de romper su record de 3 meses con 3 semanas. No es que sea una despechada, es una adicta al desamor y al karaoke. Hace varios años cuando la cortó Gerardo, su primer novio, sus amigas la obligaron a ir a un karaoke para distraerse. Decidió ir pero aclaró que no pensaba hacer el ridículo.
Entraron al bar. Una espantosa voz chillona pretendía igualar a Whitney Houston. I'll always love you es una canción que debería ser eliminada de todos los karaokes del planeta. Mariana pidió el primer tequila con pocos ánimos y el séptimo lo pidió a gritos y carcajadas. Escogió las clásicas de dolor. Que si José Alfredo Jiménez que si Juan Gabriel. –¡Adiós a las cantinas con rocola, hola a los bares con karaoke!– Gritaba como loca mientras le arrebataban el micrófono.
Entonces fue cuando sucedió. Le pusieron play a la rola 1523. El animador dijo su nombre. Mariana brincó de su asiento. Un piano transformó su rostro. Turn around, every now and then I get a little bit lonely and you never coming around. Se le dilataron las pupilas, las manos se le hincharon, el micrófono chilló, las rodillas le temblaban, and I need you now tonight, and I need you more than ever. Al día siguiente tenia cruda de alcohol y Bonnie Tyler.
Marcelo baja corriendo las escaleras eléctricas del metro zigzagueando entre la gente para ganar tiempo. Apenas lleva poco más de un año en el Distrito Federal y ya tiene prisa para todo. En el metro Balderas aplica el atajo frente a la placa en honor a Rockdrigo para no caminar hasta Observatorio. Llega patinando al andén. Poco a poco fueron llegando todas las personas que rebasó desde el torniquete de la entrada. Aquí no es como en Torreón que, ni hay metro ni hay urgencia de llegar.
El metro tarda en llegar seguramente por que esta parado sin motivo alguno a mitad del túnel y frente a Marcelo una pareja se besa como si estuviera a solas. –¡Puta, otra vez!– piensa Marcelo mientras busca desesperadamente su ipod en la mochila para evitar ver como él intenta bajar las manos hasta las enormes nalgas de la señora. Continúa buscando. Ella le quita las manos a carcajadas pero sin dejar de besarse.
Desvía la mirada mientras se pone sus audífonos, otra pareja de adolescentes se besuquea también y más atrás otro par, unos punks, otros no. –¡Chale!– Tuerce la mirada. –Tengo una mejor idea.– Y se clava en sus tenis que tamborilean el suelo al ritmo de The Cynics.
Mariana domina todos los karaokes del Distrito Federal, incluso está vetada en algunos. En sus pesadillas hay puntos que chocan contra sílabas haciéndolas cambiar de color. Pretende aguantarse. No puede, habla sola, necesita desesperadamente un shot. Un sudor helado le recorre el cuello y las axilas. Para calmar su ansia enciende su computadora y busca en youtube: karaoke eclipse turn around. –¿Estará?– se pregunta en voz alta mientras el relojito de la pantalla da vueltas. Abre el link: www.youtube.com/watch?v=V–sCrhRPCMg&feature=related Una fuerte acidez recorre su esófago. Once upon a time I was falling in love now I’m only falling apart. There’s nothing I can do a total eclipse of the heart. –¡Tengo que salir ya, ya, ya!– Mariana azota la puerta.
Lo que más apesta del metro es que hay gente besándose por doquier. ¡No dan chance chingado! Las distancias son tan significantes que hay encuentros románticos en cada estación. Puedes citar a tu pareja en La Raza y a tu amante en Chabacano asegurando que no se te junte el lavado con el planchado.
Es viernes por la tarde y Marcelo baja por las eternas escaleras eléctricas del metro de Tacuba. Se cruza con la mirada de Mariana que viene subiendo por las escaleras de a lado. Se pone sus audífonos y ve que el metro esta en el andén esperando con las puertas abiertas.
Mariana tenía toda la semana esperando el fin. Entró corriendo a la estación. Mientras subía por las escaleras observaba a los que venían en contra flujo. Un chico despreocupado llamó su atención y decidió regresar, bajar y meterse a su mismo vagón. Lo localizó recargado sobre un tubo piconeándole a su ipod. Las puertas del metro se cerraron. Mariana le clavó la mirada de loca.
–Voltea, voltea, voltea, voltea, voltea, voltea, voltea, voltea, voltea, voltea, voltea…– por dos, tres estaciones. Y Marcelo volteó. Se miraron. Marcelo no la quiso besar pero si la invitó a su casa.
–¿Bueno? –
–Hola mi amor. Hoy cumplimos tres meses.–
–Ay Mariana… a mi me valen esas cosas.–
–Eres un grosero.–
–Y tú una ridícula. ¿Vamos a una cantina?–
¬–Perfecto. ¿En qué metro nos vemos?–
–No, no, mejor paso por ti, en esta ciudad esta cabrón coincidir. –
Revista Miscelánea / 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario